Cuando el tatami habla por ti
Hoy fue uno de esos días que empiezan torcidos desde el primer minuto.
Me desperté con la cabeza llena de problemas. Problemas médicos, estrés en casa, esa sensación de que todo se acumula y de que no hay ningún sitio donde esconderse un rato para respirar. A veces la vida tiene esa mala costumbre de venir en oleadas, y cuando llega una, parece que detrás vienen tres más.
El trabajo tampoco está funcionando como debería. La cabeza no deja de dar vueltas, pensando en qué hacer, en qué cambiar, en qué estoy haciendo mal. Y cuanto más lo pienso, peor se vuelve todo. A media mañana ya estaba cansado… pero no físicamente. Era ese cansancio que viene de tener la mente saturada.
Llegó el mediodía y el estrés ya era demasiado. Intentaba hacer cosas, avanzar, concentrarme, pero no daba pie con bola. Todo salía mal o simplemente no salía. La cabeza seguía ahí, machacando.
Y con la cabeza machacando llegan los pensamientos intrusivos.
Los que te dicen que no vales.
Los que te dicen que todo es un desastre.
Los que te hacen pensar que todo el mundo es mejor que tú.
“No soy válido para nada.”
“Todo es un asco.”
“Todo el mundo está mejor que yo.”
Ese tipo de pensamientos.
Aun así, fui a entrenar. El primer entrenamiento del día no era Jiu-Jitsu, era otro deporte. Y la verdad es que tampoco tenía ganas de estar allí. Pero fui. A veces uno entrena por disciplina, no por motivación.
Después llegó la hora de ir a Jiu-Jitsu.
Cero ganas.
La cabeza seguía igual o peor. Pero aun así fui al gimnasio. Porque hay días en los que no vas porque quieras… vas porque sabes que si no vas, todo será todavía peor.
Empieza la clase.
Todo normal al principio. Técnica, repeticiones, movimiento. Pero yo notaba algo dentro. Una presión acumulada durante todo el día.
Cuando empezamos a rodar con compañeros de menor nivel que yo, empecé a apretar más de lo que debía. Demasiado. No era Jiu-Jitsu limpio, no era controlado. Era esa energía mal colocada que sale cuando llevas demasiadas cosas dentro.
Y eso no está bien.
El Jiu-Jitsu no es para descargar frustración contra gente que no tiene tu nivel.
Y ahí es cuando llega un momento importante.
La hora del combate.
Yo sabía perfectamente que no podía rodar con cualquiera. Porque hoy no estaba bien. Hoy sabía que podía hacer daño sin querer.
Así que llamé a esa figura.
Esa persona que todos deberíamos tener en un gimnasio.
El amigo.
El maestro.
El instructor.
O simplemente ese compañero en quien confías.
Alguien con quien sabes que puedes apretar… porque te va a apretar el doble.
Rodamos.
Cinco minutos.
Solo cinco minutos.
No gané.
Pero esos cinco minutos me salvaron el día.
Durante esos cinco minutos no existía nada más.
No existían los problemas de casa.
No existía el trabajo.
No existían los pensamientos intrusivos.
Solo existía el combate.
Respirar.
Defender.
Escapar.
Volver a intentar.
El tatami, el movimiento, la presión… todo lo demás desapareció.
Cuando terminó el combate, algo había cambiado.
La presión que llevaba encima todo el día ya no estaba. O al menos ya no pesaba igual.
Salí del gimnasio y de camino a casa me puse a llorar en el coche.
No de tristeza.
De liberación.
A veces uno aguanta todo el día acumulando cosas dentro sin darse cuenta de cuánto pesan. Y a veces solo hacen falta cinco minutos de verdad para vaciarlo todo.
Cinco minutos de combate.
Cinco minutos de Jiu-Jitsu.
Es una suerte enorme poder contar con esa figura dentro del mismo gimnasio. Esa persona que sabe cuándo necesitas apretar… y que no te va a dejar escapar fácil.
Porque en el Jiu-Jitsu hay algo curioso.
Puedes entrar al tatami con mil problemas en la cabeza.
Pero cuando ruedas de verdad… el tatami habla.
Y hoy yo necesitaba que hablase.
Y habló.
